La creación como escenario del intercambio universal

 

por 

MANUEL MARTÍNEZ FOREGA  (escritor y editor). Secretario General de la AAE. Co-coordinador de Escribit

 

Internet es la expresión de una conectividad y los frutos que de tal composición se obtienen. Por eso las nuevas expresiones reticulares producen estéticas y políticas capaces de representar un común sin necesidad de romper la individualidad. Probablemente sea éste uno de los cambios más profundos (junto al de la conversión del espectador pasivo en usuario activo) y que más radicalmente está transformando la experiencia social de nuestros días. En ella, las prácticas culturales, la literatura, el arte, desarrollan una función clave, ésa es su función en las sociedades conectadas y, para poder desarrollarse, deberá anteponerse a esa otra corriente sistémica que pretende hacer de toda esta cooperación, de toda esta capacidad productiva, de este giro hacia el trabajo inmaterial, hacia la sociedad de la información, hacia la comunicación global mediante palabras e imágenes por medio de la tecnología, la expresión máxima de la integración social de todos los aspectos de la vida.

En esta disyuntiva se encuentran los retos políticos presentes y futuros, y también los estéticos. No es posible, pues, poner puertas al campo de la comunicación horizontal interactiva. El genio de la comunicación ya ha salido de la botella del control de los medios y la red se ha convertido en una forma común que tiende a definir nuestra manera de entender el mundo y de actuar dentro de él.

En esa red que hoy es nuestro mundo, las prácticas estéticas tienen un enorme poder de organización social en la medida en que los procesos de socialización y subjetivación dependen de su eficacia para generar procesos de identificación, de inscripción en contextos de comunidad. Lo que está más en juego en las nuevas sociedades del capitalismo avanzado a cuya crisis estamos ahora mismo asistiendo es el proceso mediante el que se va a decidir cuáles son, y cuáles van a ser, los mecanismos y aparatos de subjetivación y socialización que se van a constituir en hegemónicos; cuáles los dispositivos y maquinarias abstractas y molares mediante las que se va a articular la inscripción social de los sujetos, los agenciamientos efectivos mediante los que nos aventuraremos de ahora en adelante al proceso de convertirnos en ciudadanos, miembros de un cuerpo social.

Estamos ante una forma de producción colectiva, socialmente conectada, en la que el trabajo de cada uno de nosotros se produce en colaboración con otros muchos, innumerables. Esa conectividad y la reproducibilidad técnica, ahora ya extendida e infinita, destruyen el carácter privado del objeto estético, y la literatura tiene en esto mucho que decir.

La literatura es, antes que nada, una relación social, y la creación literaria es, hoy más que nunca, la producción de la vida social. El aspecto central de la producción estética contemporánea se extrae de la estrecha relación que ésta comparte con la comunicación y los procesos de colaboración e interaccion que suscita; pero no sólo en el ámbito literario, sino en el más genérico ámbito artístico. Al mismo tiempo, y, por otro lado, no debemos olvidarnos de que las modalidades de la actividad creativa anexas a la producción centrarán buena parte del futuro ejercicio artístico y representan, de hecho, la absorción plena de las prácticas culturales y estéticas por parte de las industrias del ocio y el entretenimiento; ello supone una total impostación de su sentido y significado, del sentido y significado que hasta ahora les hemos atribuido, e incluso su debilitamiento creciente como instrumentos de una acción crítica capaz de implementar nuestras expectativas de aumentar los grados de libertad y justicia social, o los de autenticidad en los modos de la comunicación y la experiencia.

Nadie puede negar que el valor estético hoy se convierte en uno de los elementos fundamentales y estimuladores del deseo de producción y del deseo de consumir; toda la producción audiovisual comercial, la publicidad y sus finalidades, son los ejemplos propios de la integración de los dispositivos de la creación en la producción; aún así, gran parte de ese mundo conocido como mundo-del-arte continúa parapetado tras la fórmula de la «excepción cultural», la que presupone una diferencia cualitativa entre trabajo industrial y trabajo artístico; esto es, entre trabajo y arte, y ello aunque haga ya más de un siglo que sabemos que la creación, la producción cultural en general, entendida desde ese punto de vista, está subordinada a la producción económica. Mantener tal posición intelectual en nuestros días, en los que las prácticas estéticas tienden a convertirse en uno de los modelos hegemónicos de la producción de la riqueza, es, cuando menos, hipócrita y significa aceptar las estrategias de dominación que imponen determinados intereses fundamentalmente económicos. Hoy la literatura, como la producción en general, se han transformado en uno solo con la vida: para lo bueno y para la malo. Así es, y desde esta unívoca perspectiva debemos afrontarlo si queremos que tenga una función distinta de la meramente económica.

Analizar esta realidad en relación con los procesos de construcción de la experiencia, con los procesos de subjetivación y socialización, es una de las propuestas de Escribit, precisamente ahora, cuando las prácticas culturales adquieren una nueva responsabilidad de enorme alcance político. Su capacidad para lograr establecer imaginarios posibles e interponer mecanismos y dispositivos que permitan agenciar modalidades críticas en los procesos de construcción de la subjetividad, en los procesos de socialización e individualización, de producción de sujeto y comunidad, son también algunas seductoras perspectivas que se quieren abordar y exponer al menos sintéticamente durante su celebración.

Escribit persigue también constatar la capacidad social que, mediante la autoproducción de modelos, proporciona las nuevas narrativas o nuevos dispositivos intensivos de experiencia e identificación que pueden servir de instrumentos eficaces a la hora de construir procesos de producción de individualidad y comunidad. La respuesta a todos estos nuevos retos, y la manera de interpretarlos, juzgarlos y criticarlos reposa, a partir de ahora, únicamente en la efectividad de su quehacer.

La producción de ideas, imágenes y conocimientos no sólo se efectúa en común ― en realidad, nadie piensa a solas; todo pensamiento se produce en colaboración con los pensamientos pasados y presentes de otros ―, sino que además cada idea o imagen nueva  invita y se abre a nuevas colaboraciones. Hoy la literatura y las artes en general adquieren un carácter no mensurable, de ahí su tendencia a ser comunes y compartidas; de ahí también se extraen los estilos de vida, las sociedades conectadas bajo intereses y afinidades concretas. Lo que quizá toca ahora preguntarnos es: ¿existe la posibilidad de componer un espacio común en las sociedades conectadas aglutinadas bajo intereses y afinidades concretas?, ¿hay un lugar donde todas esas sociedades conectadas, con sus propias formas, estilos y modos de vida, puedan desarrollar una expresividad común?, o, dicho de otra manera, ¿es posible construir un imaginario común desde esta red de individualidades? Si algo así es posible, sólo las prácticas culturales y, muy especialmente las que están directamente relacionadas con la producción de imagen, de símbolo, de signo, podrían ser capaces de lograrlo; en ellas, y en su capacidad contemporánea de representar el mundo desde una mirada fragmentada y en conexión, recae ahora  toda la responsabilidad de un proyecto de este calibre. Ésa, sin duda, es la función que deben comenzar a desarrollar en estas sociedades conectadas, donde se da una mezcla de géneros de información tal que la percepción se unifica en torno a una secuencia de imágenes en la que la virtualidad pasa a ser la realidad, al menos mental, en la que vivimos. De ese conjunto plano e indiferenciado de imágenes, sonidos y textos, extractamos lo que nos concierne o nos impacta en función de quiénes somos y en qué pensamos en cada momento. Al construir nuestro hipertexto con el conjunto de mensajes e imágenes disponibles, creamos un mundo propio que no siempre es comunicable a los demás. Mi hipertexto no es el hipertexto mediático. Y como no hay hipertextos fuera de mi, el gran tema de un mundo saturado de comunicación es la ausencia de códigos comunes de comunicación, lo que puede conducir al autismo de significados. Organizar una respuesta ante tal panorama es, a nuestro parecer, una de las cuestiones sobre las que asimismo se deberá reflexionar en Escribit.

La creación no es sino la universalidad de las necesidades individuales, las capacidades, los placeres, las fuerzas productivas, etc, creadas a través del intercambio universal. Hoy vivimos un tiempo en el que comenzamos a intuir los frutos de todo ese intercambio. La utilización artística y social de la tecnología por parte de las personas hace posible, hoy más que nunca, la realización absoluta de sus capacidades creadoras, y para difundir estos nuevos mensajes, sus alternativas, estrategias, resultados posibles y actitudes frente a los que las nuevas tecnologías propician sin un horizonte nítido aún, contaremos con expertos cuya diversidad analítica asegura el debate y la reflexión.

 

 

 

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Un comentario en “La creación como escenario del intercambio universal

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